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Chernobyl cerró pero sigue siendo peligrosa.

Por Raúl A. Montenegro y Rosana A. Guerra.

El 15 de diciembre de este año se cerró definitivamente el complejo nuclear de Chernobyl debido a la fuerte presión internacional ejercida sobre Ucrania ante el grave riesgo de que ocurran nuevos accidentes nucleares. La central nuclear 4 ubicada en cercanías de Pripyat, a 130 kilómetros al norte de Kiev en Ucrania, provocó una de las mayores catástrofes de la historia de la humanidad el 26 de abril de 1986 (10). El accidente afectó a más de 9.000.000 de personas, de las cuales ya habrían muerto unas 300.000 y contaminó 200.000 kilómetros cuadrados de territorio. El accidente liberó una radiación equivalente a la de 50 bombas atómicas del tipo del arrojado sobre Hiroshima (11). A 14 años de la tragedia, el 15 de diciembre, el presidente de Ucrania, Leonid Kuchma, dio la orden de cierre definitivo, mediante una conexión vía satélite con la central nuclear. Un operador apretó un interrumptor que desactivó automáticamente el sistema de seguridad del único reactor (el número 3) que seguía funcionando en la planta. En declaraciones al mundo entero, Kuchma señaló que “acatando una decisión de estado y las obligaciones internacionales de Ucrania”, decretó la interrupción prematura de la operación del reactor número 3 de la planta nuclear de Chernobyl. Aclaró además que “para todo el mundo Chernobyl es un símbolo negativo que no debería estar sobre la Tierra” y afirmó “una vez tomamos la única decisión correcta, desde todos los puntos de vista, y el moral, el primero” (13).

Es importante recordar que durante los primeros días de diciembre se produjo una nueva fuga de vapor radiactivo en un recinto aislado del reactor número 3. Poco después de las once de la mañana el reactor tuvo que ser parado tras ser detectada una fuga de vapor de agua contaminada en el circuito de intercambio de calor. Aunque las autoridades de Chernobyl dijeron que no se habían liberado materiales radiactivos al ambiente  “porque la fuga se produjo en un área cerrada herméticamente y ningún empleado resultó irradiado” (12), el accidente mostró el grave estado en el que se encontraba el complejo nuclear. A pesar del cierre definitivo de Chernobyl, otros 27 reactores como el accidentado continúan funcionando en lo que fuera la Unión Soviética (ex-URSS). Lituania, que posee 2 centrales de este tipo en el complejo de Ignalina, tiene previsto cerrarlos en el 2005 y el 2008 respectivamente.

El accidente de 1986.

Originalmente el complejo nuclear de Chernobyl incluía cuatro reactores de 1.000 MWe cada uno, moderados con grafito y refrigerados por agua. En los reactores tipo RBMK, como los de Chernobyl, el combustible es dióxido de uranio enriquecido con un 0,2-2,4 % de uranio 235. Los elementos combustibles, que atraviesan el bloque de grafito, están alojados en tubos verticales fabricados con una aleación de zirconio-niobio. Aunque siempre se declamó su seguridad, el antecedente más patético y erróneo pudo leerse varios meses antes del accidente de Chernobyl en la revista “Soviet Life”. Esta publicación difundió entonces que la operación de Chernobyl era “más segura que el manejo de un auto” (4).

La realidad desdijo esta absurda propaganda. El 26 de abril de 1986 a las 01:23 horas se produjo una explosión en el reactor 4. El accidente, resultado de fallas humanas y de la inseguridad de este tipo de reactor, causó la fragmentación del combustible y explosiones de vapor e hidrógeno. La temperatura del reactor incendiado aumentó a varios miles de grados centígrados. Esto provocó la desintegración del núcleo y la emisión de peligrosos radioisótopos durante más de 10 días. Los residuos radiactivos de las barras combustibles, hasta entonces aislados, se volcaron masivamente al ambiente. El accidente, fruto de una errónea operación de prueba durante la cual se retiraron las barras reguladoras, que absorben los neutrones, estuvo muy cerca de transformarse en una reacción en cadena sin control. Como en una bomba atómica (1) (5) (8).

Aunque el accidente de Chernobyl eliminó a la atmósfera una larga lista de materiales radiactivos en enormes cantidades, esa descarga estuvo dominada por unos 30 radioisótopos, en particular iodo 131, estroncio 90 y cesio 137. Semejante fuga representó el 8% del total de material radiactivo que estaba encerrado, antes del accidente, en el núcleo del reactor. La radiactividad liberada fue equivalente a la de 200 bombas como la de Hiroshima.

Las nubes de material radiactivo fueron trasladadas por masas de aire en movimiento hacia prácticamente todo el planeta. Afectaron a Polonia, el sur de Finlandia, Noruega y Suecia. La situación llegó a ser crítica en algunos sitios de Alemania meridional, Grecia, las ex-repúblicas de la Unión Soviética, sobre todo en las actuales Ucrania y Rusia, los países escandinavos y Gran Bretaña (1) (5) (8). Diez años después del accidente se estimaba que ya habían muerto por su causa unas 8.000 personas en Ucrania, y que otras 125.000 estaban seriamente afectadas. Cifras conservadoras calculan que 9 millones de personas sufrieron algún efecto, de las cuales 2 millones en Bielorrusia y 3 millones en Rusia. El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, PNUMA, estima que entre 1986 y 1990, en la zona de control estricto, en los alrededores de Chernobyl, aumentó un 50 % la frecuencia media de trastornos de tiroides, tumores malignos y neoplasias. También se registró un notable aumento en el número de abortos, niños nacidos muertos y niños nacidos con malformaciones de origen genético. Para todo el hemisferio septentrional las previsiones indican un aumento del riesgo de contraer cáncer que llegan hasta el 0,02 % (1) (5) (8). En cuanto a la leucemia infantil, creció, por ejemplo, un 285 % en Bielorrusia (3).

Radioisótopos como el estroncio 90 y el cesio 137 tienen vidas medias de 28 y 33 años respectivamente (7). Dado que su decaimiento es logarítmico, el período de riesgo real es 10 veces mayor a su vida media, esto es, representan 300 años de peligrosidad. Dado que el estroncio 90 es mimético del calcio, y el cesio 137 del potasio, los organismos no los discriminan. Por el contrario, los asimilan y acumulan. Chernobyl no fue solamente un accidente. También sigue siendo un experimento abierto y cruel que hipoteca la salud de generaciones aún no nacidas. Entre las personas irradiadas existe hoy una ‘memoria’ de genes alterados que ya han sido transmitidos a sus descendientes o lo serán en el futuro. Pero persiste además otro impacto tan grave como escasamente difundido. La masiva descarga de materiales radiactivos ha producido una cantidad indeterminada de mutaciones en organismos vivos, no humanos, cuyas consecuencias desconocemos. Es muy posible que se hayan generado virus, bacterias y otros microrganismos mutantes. Treinta años de electricidad nuclear no compensan tanta pérdida de vidas humanas y tanto riesgo genético (6).

En cuanto al impacto económico, tiene una particularidad: además de ser cuantioso también crece. Ello se debe a los efectos sanitarios demorados y a la ruptura del sistema productivo. Esto diferencia muy claramente los accidentes nucleares de cualquier otra tragedia “no radiactiva”. Mas de 160.000 personas fueron evacuadas definitivamente de la región más contaminada, muchas de ellas tras una prolongada exposición ya que la catástrofe se mantuvo inicialmente en secreto. El 20 % del presupuesto de Bielorrusia, el 4 % del de Ucrania y el 2 % del de Rusia se dedican a enfrentar las secuelas negativas dejadas por Chernobyl. Sólo para la atención de las víctimas del accidente se necesitarán 200 millones de dólares en los próximos 20 años. Pero el Fondo de Naciones Unidas para las Víctimas de Chernobyl ya está practicamente exhausto (3). Los costos directos e indirectos del accidente de Chernobyl son altísimos. En los primeros años de la década de 1990 se calculaba un mínimo, conservador, de 15.000 millones de dólares (1) (5) (8).

La energía nuclear “con fines pacíficos” golpeó así a gente que nunca fue consultada sobre la instalación de los 4 reactores, y a decenas de futuras generaciones. Chernobyl es la peor fuente de impactos intergeneracionales producida por un único accidente. Después del desastre que sufrió el reactor 4 en 1986, las otras tres centrales continuaron trabajando. El reactor número 2 se desconectó luego de un incendio ocurrido en octubre de 1991 y el número 1 agotó su vida útil en 1997. De los obsoletos RBMK-1000 sólo quedó, como único sobreviviente, la unidad número 3. Pero sus permanentes fallas hicieron que pasase la mayor parte del tiempo sin operar (2). 

Chernobyl seguirá siendo peligrosa.

Lamentablemente el cierre de Chernobyl no hace desaparecer los residuos radiactivos producidos por los reactores 1, 2 y 3 ni tampoco la masa radiactiva informe del 4. Uno de los riesgos más preocupantes deriva de la existencia de grietas producidas por el calor intenso. Es posible que el agua de lluvia pueda transportar parte de las 200 toneladas de materiales radiactivos que todavía conserva el reactor 4. Ingenieros e investigadores alertaron recientemente que un terremoto o tormentas de magnitud podrían hacer desplomar el techo, reeditando así, a escala, la catástrofe de 1986 (9). Lo grave y casi irreversible es que Chernobyl nunca dejará de ser peligrosa. Aunque se retiren y aislen las barras de combustible agotado altamente radiactivas de los reactores 1, 2 y 3 quedará el sarcófago inestable del 4.

Basta de secretos nucleares.

La Fundación para la defensa del ambiente (FUNAM), retomando una iniciativa que lanzara durante la Conferencia Internacional de Víctimas de la Radiación realizada en Berlín, Alemania, volvió a reclamar la creación de un organismo con mayoría no gubernamental “paralelo a la OIEA” dedicado a “difundir todos los informes secretos que hoy guardan los países nuclearizados y esa entidad”. Aunque la OIEA, el Organismo Internacional de Energía Atómico es parte del sistema de Naciones Unidas dista de ser neutral y abierto. Urge abrir sus archivos al público y difundir crudamente la realidad de los accidentes ocurridos, cualquiera haya sido su magnitud. Si la OIEA hubiese informado lo que estaba sucediendo en los reactores RBMK de la ex-Unión Soviética, y hubiera utilizado con menos parcialidad su costoso aparataje de fiscalización, tal vez la tragedia habría podido evitarse.

Chernobyl desnudó la absoluta imprevisión de los países nuclearizados. Aunque la OIEA había establecido a principio de la década de 1980 un sistema de notificación en caso de incidente (OIEA-IRS), las notificaciones concretadas en el marco de ese sistema fueron bastante desiguales e incompletas. Sólo después de la tragedia de Chernobyl se aprobó la Convención sobre “Pronta Notificación en Caso de Accidente Nuclear”. Aunque entró en vigor el 27 de octubre de 1986, a seis meses del accidente, al 31 de diciembre de 1990 sólo había sido firmada por 49 países (8).

En Argentina por ejemplo la lección de Chernobyl no fue tomada en cuenta por las autoridades encargadas del programa nuclear (CNEA, ARN, NASA). Además de ocultarse los accidentes y reiteradas fallas nunca se puso en marcha un plan de alerta y emergencia para las ciudades de Córdoba, Río Cuarto y Río Tercero que están situadas a una distancia crítica de la central nuclear de Embalse. Todas ellas podrían sufrir los efectos de un accidente grado 7 (el peor según la escala INES). Igual omisión se observa en la ciudades cercanas a la obsoleta central de Atucha I, en particular el Gran Buenos Aires. En la ciudad de Córdoba por ejemplo las personas no saben cómo autoprotegerse, y en cuanto a los hospitales carecen de consignas precisas. Esta patética situación solo cambiará cuando funcionarios y técnicos asuman, con honestidad, que cualquier central nuclear es una potencial Chernobyl. El secretismo y la soberbia son el mejor camino hacia las catástrofes nucleares.

Referencias.

(1) Bojcun, M. 1991. The legacy of Chernobyl. New Scientist, 20 de abril, pp. 3036.

(2) Diario EL País, España, marzo del 2000.

(3) GP Ukraine. 1997. Chernobyls no more. Update. Nuclear Information and Resource Service (NIRS), Washington, 2 p.

(4) Gunter, P. 1995. Chernobyl. Basic Facts. Nuclear Information and Resource Service (NIRS), Washington, 3 p.

(5)  Ilyin, L.A. y O.A. Pavloskij. 1987. Radiological consequences of the Chernobyl accident. IAEA Bulletin, vol. 29, p. 17.

(6)  Montenegro, R.A. 1998. Introducción a la ecología y la gestión ambiental. Ed. Univ. Nac. del Comahue, Neuquén, 141 p.

(7) Odum, E.P. 1972. Ecología. Ed. Interamericana, Mexico, 639 p.

(8) PNUMA. 1992. Salvemos el planeta. Problemas y esperanzas. Ed.PNUMA, Nairobi, 218 p.

(9) Diario La Voz del Interior, Córdoba, diciembre del 2000.

(10) Diario Clarín, Buenos Aires, diciembre del 2000.

(11) Diario La Nación, Buenos Aires, diciembre del 2000.

(12) Diario El País, España, diciembre del 2000.

(13) Diario CNN, Estados Unidos, diciembre del 2000.

Este material puede ser reproducido, citando el autor y la fuente. 

Se ruega remitir una copia de lo publicado a funam@funam.org.ar

 

 

 



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